Conservación de bosques desde una perspectiva de la antropología forestal

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Conservación de bosques desde una perspectiva de la antropología forestal

Ecoticias, 23 dic 2011
La antropología forestal refiere al conjunto de todas las formas, modelos o patrones, explícitos o implícitos, a través de los cuales una sociedad se manifiesta con relación a los árboles, bosques, los ecosistemas forestales y los territorios. Estas manifestaciones pueden darse, entre otros, a través de creencias, cosmovisiones, cosmosentires, percepciones, valoraciones, símbolos, rituales, prácticas, costumbres, el lenguaje, instituciones, políticas y normas. Un concepto similar es el de Etnoecología definida como el estudio interdisciplinar de los sistemas de conocimiento, prácticas, y creencias de los diferentes grupos humanos sobre su ambiente (Reyes-García y Sanz, 2007).

ENVIADO POR: RODRIGO ARCE ROJAS INGENIERO FORESTAL, 23/12/2011, 17:36 H | (260) VECES LEÍDA

La diferencia de la antropología forestal respecto a otras disciplinas que tratan de los aspectos distintos a los aspectos biofísicos de los bosques, aunque parezca redundante, refiere a la perspectiva cultural de su enfoque. No obstante, hay que señalar que esta es una perspectiva occidental por cuanto en la mayoría de los pueblos indígenas del mundo bosques y personas forman parte de una misma realidad. Cierto es que, una serie de factores internos y externos empiezan a presionar para un dramático cambio de la matriz cultural original.

La cultura es un aspecto central a considerar en el desarrollo forestal sostenible. No es posible imaginar un paisaje cultural andino sin eucalipto (especie exótica), un paisaje costeño sin algarrobo, o un paisaje amazónico sin aguaje pues forman parte indesligable de la cultura local. Otras especies, todas exóticas, forman parte de la identidad amazónica: el pan de árbol, la pomarrosa y la carambola. Algunas palabras quechuas son usadas como nombre de árboles amazónicos, aspecto que da cuenta la continuidad histórica y cultural entre los Andes y la Amazonia.

Actualmente, producto de los procesos de aculturación de doble vía, es posible apreciar un proceso en el que se manifiestan las diversas expresiones de conservación y de explotación de bosques. Las culturas no son entidades totalmente homogéneas y compactas sino que presentan fronteras porosas a través de los cuales se producen flujos de intercambio hacia uno y otro sentido. El problema es que la visión de explotación, pese a todo el avance de la ciencia de la conservación y todos los esfuerzos conservacionistas, tiene un gran peso producto de la predominancia de la visión economicista del desarrollo. Para incrementar la efectividad de la conservación de los bosques resulta de fundamental importancia trabajar en alianza con aquellas comunidades del bosque más afines culturalmente a su conservación, no sólo por cuestiones principistas totalmente válidas, sino porque para estas poblaciones el bosque significa la vida misma.

Como reconocen diversos autores, los valores, creencias y rituales son un elemento clave de las estrategias tradicionales de subsistencia de los pueblos del bosque amazónico. Un sistema de reglas y una ética común del uso de los recursos naturales se basa en la idea de que el medio ambiente biofísico y los otros seres humanos están conectados conjuntamente en una red de relaciones de parentesco. Contrariamente a los sistemas de valores y creencias occidentales, no existe un límite claro que separe lo humano de lo "natural". El uso y la conservación se convierten en una relación entre los hombres y los otros seres, lo que incluye que uno debe practicar la disciplina en el uso de los recursos naturales. Procedimientos rituales son un componente esencial para mediar en los conflictos entre los humanos y otras criaturas (Tresierra, Julio. S.f.).

Un estudio reciente realizado en Guyana sugiere que las creencias culturales indígenas, como el chamanismo, ayudan a preservar las selvas y su fauna (Survival, 2010). Los tabúes, rituales y creencias asociados a los bosques, apoyados por el folclore místico, han sido los principales factores para la conservación de los bosques sagrados en la condición más prístina posible. Los antiguos tamiles de la India rendían culto a la naturaleza y los árboles y santificaban determinadas tierras para propiciar los espíritus arbóreos. Tales bosques sagrados subsisten hoy, aunque las creencias que aseguraron su protección se observen con menos rigor que en el pasado (Swamy y col. 2003)

Los ecosistemas forestales llegan a convertirse para los Guarayo bolivianos en espacios sagrados tradicionales para los comunarios, lugares donde practican rituales y/o ceremonias a sus antepasados pidiendo permiso para cazar y pescar, lo que les otorga protección de los guardianes que asumen formas animales. (Amazonia Norte S.R.L, 2007).

Comunidades tradicionales en Ghana cumplen con las normas y reglamentaciones tradicionales que rigen el manejo de estos bosques, así como con las normas y creencias locales que rigen las arboledas sagradas o de culto, que prohíben cosechar productos del bosque. El ingreso sólo se permite en días o períodos específicos para la realización de rituales. En la mayoría de estas arboledas se cree que viven el "dios de la tierra" o seres espirituales que promueven la paz y la prosperidad y controlan el comportamiento antisocial, y esto ha dado como resultado que siga habiendo parcelas de bosque primigenio incluso en áreas con gran densidad de población (WRM, 2002).

La estrecha relación entre el hombre y la naturaleza no lo encontramos sólo en los pueblos indígenas de América, África o Asia sino que también es posible encontrarla en los antiguos vascos europeos. Para comprender el simbolismo mítico-religioso del árbol, debemos adentrarnos en la mentalidad del antiguo vasco, en donde su cercanía con la naturaleza y la vida, le permiten descifrar en el ritmo de la vegetación un sentido más profundo; la regeneración periódica, da lugar al simbolismo de la salud, la inmortalidad. A raíz de ello, el árbol no sólo simboliza el cosmos, sino también la vida, la juventud, la inmortalidad y la sabiduría. Si analizamos las creencias vascas, nos damos cuenta que el árbol y el bosque son lugares sagrados, donde se expresan de forma trascendente los misterios de la vida y de la creación, así como de la renovación de la juventud. En una forma más "popular", degradada de simbolismo mítico, es posible ver incluso la asimilación de la naturaleza y, por tanto, también del árbol, de las propiedades del alma-espíritu o "sombra" (Isasmendi, 2005).

Aunque es sabido que muchos grupos humanos consideran los árboles y los bosques como sagrados y misteriosos sería un error hacer generalizaciones superficiales, porque las creencias acerca de lo sagrado están íntimamente vinculadas a los valores de cualquier grupo étnico particular. Los poderes sagrados y místicos atribuidos a cada especia arbórea tienen siempre su origen en la observación cuidadosa de las especies y en la experiencia personal respecto a cada árbol o grupo de plantas. Las características observadas de las especies, su relación con otros elementos de la naturaleza –agua, viento, animales– y las características y la apariencia de su follaje, sus flores y sus frutos captan la atención y se transforman en las propiedades, fuerzas y energías que se ven como poder, inspiración o fuerzas ocultas (Sène.S.f.).

En el monte –llamado sacha en quechua -, así como en el agua y la chacra, vive una diversidad de animales y plantas, pero también deidades llamadas madres, o espíritus del monte, que son –en la visión de los pobladores- seres con cualidades y características sui generis que aparecen en ciertas circunstancias para conversar con los miembros de la comunidad humana o runas. Estos espíritus o madres no son seres metafísicos e inmateriales sino patentes y evidentes a la sensibilidad del poblador local y están considerados como los guardianes del monte, del agua o de un cultivo (Rengifo, 2009).

En las comunidades afrocubanas se dice que «el dueño» del bosque o monte es el orisha Osain; sin su permiso, no se puede hacer uso de ninguno de sus elementos. Pero también la propiedad del bosque la comparte con Oggún, guerrero que protege al hombre de sus enemigos y para ello se auxilia del uso de algunos árboles del monte (EcuRed, 2011).

Uno de los personajes míticos de la Amazonia peruana es el “chullachaqui”, pequeño demonio capaz de transfigurarse en cualquier humano o animal silvestre, está caracterizado por tener pies desigual, un lado humano y otro de caprino. Se encuentra en la espesura del bosque como falso guía para extraviar a los caminantes, modula voces familiares, rumores y gritos de la sinfonía selvática. Así mismo se habla del “yacuruna” hombre del agua que sale a la superficie para raptar a las mujeres de su agrado y llevarlas a convivir en las profundidades de los ríos. Se le describe como un ser humano pero con la cara hacia atrás. Otros personajes son: yara, runa mula y el ayaymama. Muchas leyendas se tejen en torno al bufeo que es el delfín de río (Pucallpa.com)

En la base de la lupuna, árbol sagrado amazónico, moran diversos seres sobrenaturales propios del bósque, entre ellos duendes guardianes, espíritus femeninos y otros seres protectores como el conocido chullachaqui. La tradición amazónica asocia su enorme base como una puerta dimensional, pues los rituales realizados a los pies de su base, permiten el umbral hacia estados de conciencia elevados y experiencias místicas. Ingresar en el conocimiento de esta planta maestra implica para el iniciado el deber de cuidar y proteger el bósque del daño del hombre blanco, la depredación y la tala indiscriminada (TAKIRUNA, 2011).

En el callejón de Conchucos (Ancash, Perú), los campesinos hacen ofrendas a determinados árboles antiguos, considerados abuelos. Se dice que estos viejos quinuales, o chachas (chachacomo) hablan a la gente, hacen predicciones sobre las cosechas, cuidan a los animales del zorro, y que además hacen revelaciones en sueño. Son abuelas y abuelos, hembras y machos, y se les hace regalos diferentes según su sexo: a las abuelas les ofrecen azúcar y sal, porque esto es lo que utiliza la mujer en la cocina, y a los abuelos hombres, les dan coca con cal, para que puedan chacchar como los varones (Ansión, 1986).

La lupuna (Ceiba) es uno de los árboles de mayor tamaño en la Amazonía. En la cosmovisión amazónica el espíritu del árbol de la lupuna es el guardián por excelencia del bósque, pues se asegura que advierte y protege. La lupuna es un árbol mágico pues se le asocia con algunas prácticas chamánicas ancestrales, pruebas y ritos de paso muy serios. Una de las pruebas de iniciación chamánica consiste en la dieta de la lupuna, pues una vez pasado este proceso de largo plazo, se asegura que el iniciado tiene la fuerza y voluntad para seguir el sendero de la medicina tradicional indígena, sin embargo la dieta de la lupuna es considerada como una prueba mayor, pues puede potenciar la vida como también puede quitarla si la vocación no es auténtica (TAKIRUNA, 2011).

Árboles y bosques sagrados existen por todas partes, pero sus significados y orígenes son diferentes. Un árbol o una arboleda pueden tanto marcar el lugar donde se detuvo un antepasado fundador o donde desapareció un patriarca, como ser el hábitat de animales totémicos. Un solo árbol sagrado suele ser un árbol notable, «sobresaliente» en forma o dimensiones, o vinculado a un acontecimiento legendario o histórico. Algunas veces los fundadores o guías de un grupo escogían el emplazamiento de una aldea tras una observación detenida del terreno fijándose en los árboles y en las señales de la presencia de agua y paso de animales. A menudo un árbol o grupo de árboles era elegido como lugar de culto o de acción de gracias a los antepasados (Sène.S.f.).

Ayuda a un mejor entendimiento de las relaciones entre el hombre y la naturaleza una perspectiva histórica que nos indica que no siempre esta relación fue armoniosa. Por ejemplo, un estudio ha determinado que la civilización Nazca del Perú precolombino terminó sucumbiendo porque eliminó su línea de defensa natural, los bosques de huarangos, frente a los estragos del fenómeno natural conocido como El Niño( Beresford-Jones, 2009). Richard Hansen, arqueólogo en la Universidad Estatal de Idaho, producto de sus investigaciones con los Mayas, indica que la producción de cal para sus pirámides y la deforestación les obligó a migrar. Sólo para cubrir la pirámide de Tigre, por ejemplo, se requirió una deforestación total de 1.630 hectáreas de bosque verde (necesarias para mantener a 900ºC la conversión de la piedra caliza a cal). Al deforestar el bosque, el barro natural se sedimentó en los subsuelos y arruinó la capacidad agrícola de los mayas, que consumieron su propia existencia (+Verde, 2011).

Según Fjeldsa (1992) grandes regiones de los páramos y las punas andinas pudieron haber estado cubierta por bosques ralos, principalmente Polylepis, pero el impacto humano ha generado, en la actualidad, una distribución fragmentada en estas regiones. De otro lado, la tesis de grado de Verónica Tupayachi en el Cusco (Perú) da cuenta que los campesinos no querían plantar Polylepis porque el aspecto “andrajoso” (referido a la corteza papirácea del árbol) implicaba atraer la miseria.

Aún en la actualidad existen tensiones entre conservación de bosques y la agricultura. En los Andes peruanos la asociación del bosque con lo salvaje muestra su carácter competitivo con la agricultura en una sociedad para la cual esta última es la actividad cultural por excelencia. Sin embargo, en la mente andina, lo salvaje también debe ser respetado, la cultura debe convivir con la no cultura, con las fuerzas indómitas de la naturaleza, pues el peligro latente de éstas sólo se puede conjurar estableciendo pactos de respeto mutuo (Ansión, 1986).

No obstante, hay que considerar que las quemas de bosques o pastizales también se dan por razones culturales. Además de los incendios provocados para inducir nuevos brotes de pasto y para la caza, en Senegal, Malí y el Chad se ha documentado que cuando existen conflictos entre pastores, los campesinos pueden provocar incendios de matorrales para obligarlos a trasladarse a otras zonas. Otras razones de los incendios provocados son: i) por razones religiosas o de costumbres (especialmente para exorcizar acontecimientos no deseados); ii) para favorecer una mayor producción no maderera (miel, frutas, gomas) y iii) para matar serpientes, insectos y vectores de enfermedades. De otro lado, hay que considerar que aunque la Yunza es una fiesta costumbrista que institucionaliza la reciprocidad como valor andino también es un factor de deforestación.

En un estudio realizado por Torres y col. (1993) sobre usos tradicionales de arbustos nativos en el sur de Puno (Perú) se encontró una debilidad de los sistemas de control sobre los recursos arbustivos, explicado tal vez, porque históricamente los arbustos eran muy abundantes y no existía la idea de agotabilidad del recurso.

Aunque la visión idílica de la estrecha relación entre el hombre y la naturaleza subsiste en muchos pueblos indígenas del mundo sería un sesgo considerar que esta matriz cultural se mantiene intacta en todos los casos. Procesos históricos de marginación y exclusión de los pueblos indígenas también han producido crisis de identidades y con ello la pérdida de los valores culturales o su debilitamiento. Contra lo que se podía esperar muchas veces la propia educación es la que refuerza los valores civilizatorios occidentales que minimizan el papel de la cosmovisión indígena en la conservación de los bosques. El modelo económico en vigencia, altamente seductor por las promesas de confort que ofrece, también es un factor que produce presiones internas y externas para la conversión de bosques.

Aunque el cambio socioeconómico y continuará impulsando los valores y creencias de conservación de los bosques públicos hacia una teoría y una práctica de modelo orgánico (como la administración basada en el ecosistema en concordancia con la perspectiva integral del bosque como se señala en las cosmovisiones indígenas), hay todavía factores poderosos que se resisten al proceso, tanto dentro como fuera de las profesiones y los organismos públicos que se ocupan de los recursos naturales (Kennedy y col., 1998). La sectorialización de la administración pública e incluso la fragmentación de la gestión ambiental pública contribuyen en esa dirección. Así mismo, el hecho de considerar al sector forestal como eminentemente productivo o eminentemente conservacionista cuando lo que se trata es de desarrollar una actividad en el que se funde estrechamente la producción y la conservación.

Desde una perspectiva de la antropología forestal no es propósito juzgar sobre las prácticas culturales que van a favor o en contra de la conservación de bosque, sea desde una perspectiva indigenista o una perspectiva occidental. Lo que se trata es de dar cuenta estas realidades culturales para que a través de un proceso de diálogo y negociación intercultural se puedan favorecer los procesos de conservación de bosques por su importancia en el bienestar local. De ahí la importancia de incorporar una visión cultural a la gestión forestal, sea pública o privada. Queda claro que existe el reto de fortalecer los procesos de derechos indígenas sobre los territorios y bosques, los procesos de revitalización e identidad cultural. La pérdida diaria de conocimientos y saberes ancestrales no sólo atañe a los pueblos indígenas sino que es un tema que tiene que ver con la sustentabilidad planetaria. Por ello la necesidad de respetar los derechos culturales de los pueblos indígenas.

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